La vida convertida en espectáculo: Ninguno
de nosotros es Truman. Cualquiera que vea la película es sólo eso: un
espectador de una película, que se sentará delante de su pantalla de
televisión al poco tiempo de salir del cine. Y es que esta película no
sólo plantea el problema de la identidad personal, sino que también
incluye un mensaje claro a todos los espectadores. Si en el siglo XVII
Calderón hizo pensar a su Segismundo si acaso la vida no sería un sueño,
la actualización a comienzos del siglo XXI viene a lanzarnos un gran
interrogante: ¿Y si mi vida no fuera más que un programa de televisión?
¿Y si todo fuera falso? Dejemos estas preguntas y centrémonos en las que
encabezan esta anotación. Porque entre todas las cuestiones filosóficas
de esta película, brillan con luz propia los temas de ética: ¿acaso
está todo justificado tan sólo por la audiencia? ¿El espectáculo es el
justificante último de todas nuestras vidas? Ciertos momentos de la
película dan pie a este tipo de ideas.
Repugnantes, por tanto, las actitudes de los directivos y
responsables del programita. Pero tan repugnantes e igual de hipócritas
todos sus conpinches, es decir, todos nosotros, que con nuestro mando de
televisión alimentamos la farsa. Algo que debiera llevarnos a
reflexionar: critiquemos la televisión, sí, pero también a nosotros
mismos. Ninguno de nosotros lo cree, porque ya se han encargado de
engañarnos al respecto, pero nuestros mandos a distancia mantienen a
gentes encerradas en la tele, que necesitan de la falsedad de un plató
para encontrar la autenticidad en su vida, y que, precisamente por ello,
terminan desesperados cuando al caprichoso mando le da por cambiar de
canal. Desde este punto de vista, El show de Truman plantea una crítica a toda la sociedad, que crea, mantiene y alienta este tipo de situaciones.
A menudo olvidamos que detrás de las 625 líneas hay gentes, de la
misma forma que los directivos de las cadenas jamás han sabido que no
todo está justificado por la audiencia o por la cantidad de anunciantes
que pueden reportar tales o cuales contenidos. Por ello, a partir de una
situación aparentemente disparatada y exagerada, la película nos
muestra una realidad cruda y casi inhumana. Y de fondo, otra pregunta
que también debemos contestar después de ver la película: ¿Qué clase de
sociedad es esta que produce seres humanos interesados en conocer todos
los entresijos de las vidas ajenas, unas vidas por otro lado tan
rutinarias y troqueladas por la sociedad como la propia? La telerealidad
es un engaño, porque no es real, menos en el show de Truman, donde las
cámaras parecen esconderse desde el principio. Todas, claro, menos la
del director y ahí está la trampa de toda película o fotografía: siempre
se esconde alguien detrás de la cámara. ¿Por qué nos gusta mirar a
través de ella?
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